Comienza la Cuaresma

Queridos amigos: tomando algunas palabras de Benedicto XVI “es muy oportuna, en este tiempo de Cuaresma, la exhortación de Jesús, que refiere el evangelista san Marcos: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). El deseo sincero de Dios nos lleva a evitar el mal y a hacer el bien. Esta conversión del corazón es ante todo un don gratuito de Dios, que nos ha creado para sí y en Jesucristo nos ha redimido: nuestra verdadera felicidad consiste en permanecer en él (cf. Jn 15,4). Por este motivo, él mismo previene con su gracia nuestro deseo y acompaña nuestros esfuerzos de conversión.
Pero, ¿qué es en realidad convertirse? Convertirse quiere decir buscar a Dios, caminar con Dios, seguir dócilmente las enseñanzas de su Hijo, de Jesucristo; convertirse no es un esfuerzo para autorrealizarse, porque el ser humano no es el arquitecto de su propio destino eterno. Nosotros no nos hemos hecho a nosotros mismos. Por ello, la autorrealización es una contradicción y, además, para nosotros es demasiado poco. Tenemos un destino más alto. Podríamos decir que la conversión consiste precisamente en no considerarse “creadores” de sí mismos, descubriendo de este modo la verdad, porque no somos autores de nosotros mismos. La conversión consiste en aceptar libremente y con amor que dependemos totalmente de Dios, nuestro verdadero Creador; que dependemos del amor. En realidad, no se trata de dependencia, sino de libertad. Por tanto, convertirse significa no buscar el éxito personal —que es algo efímero—, sino, abandonando toda seguridad humana, seguir con sencillez y confianza al Señor a fin de que Jesús sea para cada uno, como solía repetir la beata (ya santa) Teresa de Calcuta, “mi todo en todo”. Quien se deja conquistar por él no tiene miedo de perder su vida, porque en la cruz él nos amó y se entregó por nosotros. Y precisamente, perdiendo por amor nuestra vida, la volvemos a encontrar.
Sí, queridos hermanos y hermanas, la cruz es la revelación definitiva del amor y de la misericordia divina también para nosotros, hombres y mujeres de nuestra época, con demasiada frecuencia distraídos por preocupaciones e intereses terrenos y momentáneos. Dios es amor y su amor es el secreto de nuestra felicidad. Ahora bien, para entrar en este misterio de amor no hay otro camino que el de perdernos, entregarnos: el camino de la cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí —dice el Señor—, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mc 8,34). Por eso, la liturgia cuaresmal, además de invitarnos a reflexionar y orar, nos estimula a valorar más la penitencia y el sacrificio, para rechazar el pecado y el mal, y vencer el egoísmo y la indiferencia. De este modo, la oración, el ayuno y la penitencia, las obras de caridad en favor de los hermanos se convierten en sendas espirituales que hay que recorrer para volver a Dios, respondiendo a los repetidos llamamientos a la conversión (cf. Jl 2,12-13; Mt 6,16-18).
Queridos hermanos y hermanas, que el período cuaresmal que iniciamos, sea para todos una renovada experiencia del amor misericordioso de Cristo, que en la cruz derramó su sangre por nosotros”.