Un cura se confiesa

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El día 26 de junio he hecho 17 años de cura y ahora miro para atrás y veo una providencia. Cuando con 13 años empecé a cuestionarme lo que quería el Señor de mi vida lo que me llamó la atención fue la alegría de los seminaristas que visitaron mi parroquia el día de S. José. No cabía en mi cabeza de adolescente que tuvieran esa alegría los que renuncian a tantas cosas: Familia, hijos, éxito profesional… Cuando mi párroco, al que yo veía siempre atareado, me dijo que hacían falta curas me empecé a cuestionar por qué no ser sacerdote. Así nació esta historia. Lo que nace como una cuestión humana, como una inquietud humana, uno ve con el paso del tiempo que todo fue una providencia, un proyecto de Dios. Por eso ahora miro para atrás y veo que lo que uno tenía de ilusiones, de proyectos, de sueños el Señor me lo ha ido haciendo ver de otra manera. Lo que antes veía como servicio a los hombres ahora uno va viendo que son ocasiones para servir a Dios. Dios cuenta con mi vida para que yo le haga feliz. Para esto Dios me quiere sacerdote.

Lo más importante en mi vida es ser, las 24 horas del día, la transparencia de Cristo. Que mis palabras sean de Jesucristo, que mis acciones sean las de Jesucristo, que los sacramentos que celebre sean el brazo de Jesucristo, que la ofrenda de mi vida sea también la misma ofrenda del Señor que actualizamos en cada Misa. Cuando celebro la Misa, cuando tengo el pan consagrado en mis manos, yo también repito, de otra manera, lo que dije al Señor el día de mi ordenación: Tomad y comed, éste es mi cuerpo: mi tiempo, mis pocos talentos… Tomad y bebed, ésta es mi sangre: mi martirio de lo cotidiano que quiere ser sangre derramada… Cuando consagro pongo cerca de la patena el anillo que tengo de cuando me ordené. Mi anillo me recuerda que hay alguien que es fiel desde siempre y por siempre, que se acordó de mí, que confió en mí… Y me acuerdo de que Jesucristo me eligió y consagró mis manos.

Muchas veces digo al Señor como San Pedro: ¡Quiero quererte! Pero te quiero con mis altibajos, con mis meteduras de pata, con mis miserias… Yo sé que Tú me pides que te quiera con todo mi corazón y yo lo único que le puedo decir es que quiero quererte y quiero hacerte feliz con mi vida y me da pena que lo único que pueda ofrecerte sea una vida mediocre. Me alegra que el Señor siga fiándose de mí y siga queriéndome, me alegra que pueda seguir llevando en mi dedo esta alianza que me recuerda su elección, su compañía, su amor al haberme hecho sacerdote. Por eso digo que miro para atrás y veo una providencia, veo un camino donde el Señor lleva las riendas y Él va haciendo cuando yo le dejo hacer.

A veces veo milagros, ¿Sabes? Eso es muy bonito. Uno asiste a ellos como un espectador privilegiado, sobre todo en el sacramento de la penitencia. Hay momentos en los que uno puede tocar esa gracia del abrazo del Padre al hijo pródigo en el sacramento de la penitencia. Uno ve como Dios entra de nuevo irrumpiendo con su gracia en la vida de tantas personas y cómo con el bálsamo de la misericordia se nota la alegría en el corazón del penitente, cómo Dios hace nuevas todas las cosas, cómo recrea lo que se rompe, cómo restaura lo dañado… Son momentos de mucha alegría en la vida de un sacerdote. También da mucha alegría acompañar a matrimonios, a familias y a personas que quieren vivir el evangelio al 100%, que se entregan por entero a la santidad. También da mucha alegría cuando ves la vocación de otros seminaristas, cuando vienen los sábados a la parroquia, cuando vas a dar clases, cuando ves la vocación de ese joven de tu parroquia que se cuestiona la vocación sacerdotal o incluso de tu propio hermano pequeño. Uno ve como el Señor va repitiendo la historia, como en el lago de Tiberíades, y sigue seduciendo, sigue enamorando y sigue cogiendo algo que consideras tuyo para pedirle lo mismo que te pidió a ti: Regálame tu vida para hacerte sacerdote viviendo tu vida conmigo y así Yo pueda seguir llevando a cabo la obra de la Redención. Necesito tu mirada, tus manos, tu tiempo, tu corazón y toda tu vida.

También son momentos de alegría acompañar a alguien para la eternidad, para ese encuentro en la eternidad con Dios. Recuerdo haber repetido a muchas personas en el día de su entierro: Yo he sido cauce para que tú estés ahora con el Señor, sé tú también cauce para que yo llegue maduro a esa vida que no nos merecemos: la vida eterna. Hay también mucha alegría cuando el ministerio se comparte con otros sacerdotes. He tenido la suerte de vivir con otros sacerdotes en Madrid, en Roma, en la parroquia, con compañeros de distintas edades, algunos muy mayores. Ver su testimonio, sobre todo de los mayores, como D. Sebastián, D. Diego… a mi me alienta. En ellos veo una vida entregada por completo a Jesucristo y a la Iglesia. También el testimonio de otros compañeros sacerdotes con los que te diriges espiritualmente, con los que compartes ratos de oración, o incluso las vacaciones. Nadie mejor que otro sacerdote te conoce porque vive lo mismo que tú y se fortalece la vocación cuando la vives acompañado de otro sacerdote que es el cauce por el que Jesucristo te perdona, que te levanta de tus traiciones, que te alienta con su ejemplo, que cuando llegan momentos difíciles son como un hombro en el que llorar.

También hay momentos de tristeza, momentos de mucha soledad acompañada, momentos donde uno ve que la única heredad de su vida es el Señor. El sacerdote es como el laurel, imprescindible en todos los guisos pero que es lo primero que se quita. Aún así, miro al futuro y quiero seguir haciendo el mismo acto de fe que hice aquel 26 de junio de 1999 postrado en el suelo donde le pedí al Señor que mi futuro fuera un caminar de su mano. Yo también quiero, como dice la canción, que tu Reino avance al paso de mis pies, al paso de mi entrega, al paso de mis fidelidades y de mis torpezas, pero quiero que sea un futuro de confianza donde lo único que importe sea ser sacerdote.

Si soy cura es porque la Virgen se empeñó. En el seminario, cuando uno ve próxima su ordenación, uno se da cuenta de su indignidad, ve la grandeza del ministerio, ve las responsabilidades que se avecinan y entra el miedo. Y el miedo normalmente te paraliza y te hace dudar, y como San Pedro empiezas a hacer aguas. En esos momentos siempre he visto la mano providente de la Virgen. Yo no se porqué la Virgen me quiere pero siempre se ha repetido en mi vida esa misma frase que le dijo al indio Juan Diego: ¿No estoy aquí que soy tu madre? Y levanto los ojos, miro a la Virgen y como en un día de niebla donde vas conduciendo y de repente sale el sol, en un instante las inseguridades y miedos se disipan y se transforman en seguridad, en certeza de saber que la Virgen está ahí. Está ahí y, como madre que es, lleva tu vida.

Estaré eternamente agradecido a mis padres. Detrás de toda vocación está la generosidad de una familia que, aunque a veces quisieran otro camino de felicidad para ti, te respetan te acompañan y te hacen ser sacerdote cuando te alientan a que tu vida sea entregada, a ser siempre fiel, a corregirte. Es para darle gracias a Dios. También le doy muchas gracias a Dios por los curas buenos que ha puesto en mi vida. Me acuerdo de algunos que ya no están físicamente como el padre Felipe Tejederas, como Don Pedro Gómez Carrillo, y muchos otros que tengo cerca: Don Gaspar, Don Juan Moreno, Don Santiago Gómez Sierra, Don Manuel Navarro y tantos otros que son como un referente de sacerdote. Uno no puede sino darle gracias a Dios, de verdad. Darle gracias por tantos sacerdotes buenos y santos que calladamente se convierten en modelos y se convierten en referentes por su abnegación, por su trabajo callado, por sus vidas verdaderamente sacerdotales. Le doy también gracias a Dios por mi paso por el seminario, por los formadores que tuve, por los compañeros que estuvieron conmigo y que hoy muchos son sacerdotes que están conmigo en el ministerio. Con el paso de los años voy comprendiendo porque todos hablamos con tanto cariño de esa bendita casa que está en el Seminario Menor y en Amador de los Ríos y, como Juan y Andrés en aquella tarde de su vocación, uno empieza a echar de menos y a dar gracias por lo que ha supuesto el Seminario en su vida: una escuela de santidad, de vida cristiana, una iglesia doméstica donde el Señor ha ido poniendo los cimientos de tu sacerdocio y donde el Señor ha ido preparando tu vida para que luego en las parroquias tu seas instrumento suyo.

Pido al Señor todos los días que los jóvenes sepan descubrir lo maravilloso del ministerio sacerdotal. Cuando acabo la Misa y rezo la Salve pido por las vocaciones sacerdotales, para que el Señor siga seduciendo y enamorando a tantos y tantos jóvenes que si supieran lo que es el ministerio no podrían resistirse. Me acuerdo por las mañanas en mi oración de tantos y tantos curas en sus parroquias, para que sean fieles. Fidelidad con “f” de felicidad. Para que de verdad sean el rostro de Cristo aquí en la tierra. Para que con nuestra libertad mediocre no malogremos la acción de Dios y como María con nuestros pequeños “síes” le permitamos a Dios hacer una historia de encarnación y de redención del género humano.