Introducción
Estudio
En esta vivencia del misterio de Cristo ocupa un papel fundamental el estudio de la teología. En nuestro contexto cultural secularizado y pluralista, hay que estar capacitados para dar razón de la esperanza cristiana (cfr. 1 Pe 3,15). Hay que adentrarse con rigor en la inteligencia de la fe, comprendiendo sus fundamentos filosóficos, así como sus consecuencias prácticas para la vida cotidiana.

Formación espiritual
El estudio de la teología capacita para el ministerio de la predicación. Para desempeñarlo es muy necesario también el cultivo de la vida interior. En el evangelio de San Marcos leemos que Jesús “instituyó Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar” (Mc 3,14). En consecuencia, al mismo tiempo que el seminarista se capacita para anunciar a Jesucristo y predicarlo por doquier, ha de aprender a “estar con el Señor”. “Sólo quienes están «con Él» -nos dice el Papa Benedicto XVI- aprenden a conocerlo y pueden anunciarlo de verdad. Y quienes están con Él no pueden retener para sí lo que han encontrado, sino que deben comunicarlo […] La experiencia confirma que cuando los sacerdotes, debido a sus múltiples deberes, dedican cada vez menos tiempo para estar con el Señor, a pesar de su actividad tal vez heroica, acaban por perder la fuerza interior que los sostiene. Su actividad se convierte en un activismo vacío”. El Seminario debe ser una escuela privilegiada en la que se aprende el arte de “estar con el Señor”.
Es muy importante aprovechar todos los medios de formación espiritual que el Seminario ofrece: la eucaristía celebrada y adorada, la liturgia de las horas, la oración personal que no puede sustituirse con nada, la devoción a la Virgen, la confesión sacramental, y especialmente la dirección espiritual, frecuentada con asiduidad y transparencia. Si en el Seminario se vive intensamente esta dimensión trascendental de la formación, hay garantía de poder vivirla también en la vida ministerial, en la que, si no se cultivan las bases sobrenaturales de la vida sacerdotal todo será agitación estéril, sin fecundidad pastoral ni alegría.


Hay que ir construyendo la personalidad desde la base firme de un plan de vida revisado con frecuencia. Desde el cimiento de una sólida vida interior, crece la caridad pastoral y el celo apostólico. El Papa Benedicto XVI nos ha dicho que en el Seminario se experimenta “la belleza de la llamada en el momento que podríamos definir de «enamoramiento»”. En los años de formación uno se prepara para que la futura vida sacerdotal sea un verdadero officium amoris, un verdadero servicio de amor a Jesucristo, a los fieles y a la Iglesia.
Antes de recibir el encargo de pastorear la grey del Señor como supremo pastor, San Pedro tuvo que sufrir un examen de amor: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” (Jn 21,15). En el amor célibe, pobre y obediente a Cristo, el sacerdote encuentra las energías necesarias para entregarse a los demás, especialmente a los más pobres y necesitados, amando y desviviéndose singularmente por los pecadores, los enfermos y los alejados. El seminarista se prepara para este servicio abnegado. Ha de tener siempre ante los ojos la figura de Jesús, el buen Pastor, que no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por muchos (cfr. Mt 20,28).
Formación comunitaria
Finalmente, junto a la adquisición de las virtudes humanas y de una personalidad madura y equilibrada, el seminarista está llamado a vivir la comunión fraterna. Así lo afirma Benedicto XVI, cuando nos recuerda: “el seminario es la cuna de vuestra vocación y el gimnasio de la primera experiencia de comunión”. Nunca estimaremos bastante la eficacia pastoral que tiene el amor sincero y la verdadera comunión fraterna dentro del presbiterio. Es una gracia anhelada por el Corazón de Cristo y pedida insistentemente en su discurso de despedida: “que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea” (Jn 17,21). La comunión fraterna no se improvisa después de la ordenación. Ha de ser cultivada en los años del Seminario, aprendiendo a trabajar en equipo y a superar rechazos, antipatías, susceptibilidades y vanos protagonismos. La fraternidad sacerdotal es además un seguro de vida en la perseverancia y en la fidelidad de los sacerdotes. Cuando se ordena un sacerdote puede intuirse que aún quedan aspectos de su personalidad, de su vida espiritual y de su preparación pastoral que deberán madurar y crecer a lo largo de la vida sacerdotal. Esto no será posible si el joven sacerdote prescinde de su presbiterio, se cierra a la sana amistad con sus hermanos sacerdotes o desprecia de hecho la formación permanente.
En el pasado encuentro con seminaristas, en el contexto de la XXVI Jornada Mundial de la Juventud de Madrid en el año 2011, Benedicto XVI se refirió a la vida en el Seminario con estas palabras: "Queridos amigos, os preparáis para ser apóstoles con Cristo y como Cristo, para ser compañeros de viaje y servidores de los hombres. ¿Cómo vivir estos años de preparación? Ante todo, deben ser años de silencio interior, de permanente oración, de constante estudio y de inserción paulatina en las acciones y estructuras pastorales de la Iglesia".
El conocimiento íntimo y sabroso de Dios revelado en Jesucristo es el núcleo de la formación sacerdotal. El seminario no es un centro académico como otros tantos; es una comunidad fraterna donde se aprende a vivir el misterio de Cristo. Es una comunidad educativa en camino, "promovida por el obispo para ofrecer a quien es llamado por el Señor para el servicio apostólico, la posibilidad de revivir la experiencia formativa que el Señor dedicó a los Doce"
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